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Acerca de 'buscavidas' y 'chicos en situación de calle'


Escribe: Virginia Tiesta


Como todas las mañanas, al igual que mucha gente, tomo el tren que me lleva a la oficina en la estación Martínez.

Los vagones se convierten en una mezcla de  ‘circo romano y mercado persa’...

El primero (que sin ayuda del segundo no llegaría a ser tal), comienza cuando esos ‘almidonados’, señores de saco y corbata, y esas señoras ‘exclusivas’ recién salidas de Vogue (con su típico aire a artículo importado) miran con desdén e incredulidad, al ciego que con su armónica le da un toque pintoresco y alegre al aburrido viaje de treinta minutos.

También rehusan mirar al vendedor de cuchillos, que apostado a mitad del vagón ‘amenaza’ al pasaje con las hojas relucientes y baratas de sus productos.

Cuando llega el vendedor de curitas (generalmente otro ciego), que ofrece esos pequeños trozos de tela adhesiva color carne, y más barata que en el kiosco de su barrio, los rostros se transforman de a poco, como diciendo: ¿de qué barrio me hablará éste? (por supuesto que con tono estirado… ya saben como).

Y como broche al cotidiano desfile, llegan los chicos con estampitas, tiras de caramelos o chocolates.

Los ‘almidonados’ y las ‘exclusivas’ de Vogue fruncen los labios, fuerzan una sonrisa (igual a la que ponen los domingos al salir de misa ) y con la cabeza dan un no... Y claro, sus miradas sinceran un: “que asco por Dios”.

Por supuesto que, mientras esta selecta colectividad de los que tienen no dan nada, otra gente (con cara de cansancio, zapatos sucios y rotos) sacan su pobreza del bolsillo y entregan su riqueza, hecha bondad, hecha solidaridad, con aquellos que apenas tienen.

Son solo treinta minutos… pero el mundo parece reunirse a lo largo de ocho vagones, distintos idiomas, distintos colores de piel y ojos; unos con libros, otros con bolsos... y, aunque todo parezca separar a aquellos que viajan en el mismo medio, nadie es tan sabio como para advertir que algo los une: todos son seres humanos.

Sin embargo nunca falta quien clasifique, separe y reclasifique esta inapelable condición. Este ‘mercado persa’ forma parte de una realidad. Pero, al mismo tiempo, integra otra realidad: el de la buena voluntad que tiene la gente. ¿Para qué? Para vivir. Para seguir adelante aunque sepan (muy dentro) que jamás dejarán de pasear por trenes, colectivos o subtes en busca de aquello que lo haga sentirse dignos y conformes consigo mismos.       

O acaso, ¿los ciegos no podrían mendigar?; ¿el hombre de las cuchillas no podría utilizarlas para asaltos?; ¿los chicos no nos podrían exigir ayuda en vez de buscarla en una estampita?...

Ojalá muchos pudieran ver más allá del hecho de que alguien nos ofrezca tal o cual cosa, porque sabrían que la vida no es tan generosa como para aquellos ‘almidonados’ y para las ‘exclusivas’ de Vogue. Porque ganarse la vida en la calle requiere mucho más que salir con un bolsillo y pararse en medio de la gente a recitar el tradicional versito para la venta.

Es necesario saber, comprender, que quizás mucho de estos ‘vendedores’ deban dejar de lado sus sueños y su vergüenza, para salir a pelearle a la vida (lo mínimo, lo esencial).

Dios quiera que algún día el equipo del mercado persa pase a ser un recuerdo, una leyenda de los viejos y duros tiempos de malaria en nuestro país.

Ojalá los que hoy forman parte del ‘circo romano’ (los que tienen) tomen conciencia de lo duro que es salir a la calle, sin saber a qué hora podrán regresar a sus hogares.

Ojalá se den cuenta de que ser ‘buscavidas’ es más digno y loable que sentarse en la puerta de una iglesia o pedir limosna, o salir a robar.

Por eso, no fomentemos el menosprecio en esta gente, cuándo en realidad deberíamos darles las gracias por existir. Por enseñarnos a luchar, por mostrarnos ‘sin vergüenza’ lo duro que es vivir a veces, y lo bueno que resultan, siempre, las luchas por mantener la mirada en alto, la conciencia tranquila, las ganas de vivir.

Ayudemos a los ‘buscavidas’. Ayudemos a que sean una leyenda. Con diez centavos, al menos, no importa cuánto, y una sonrisa al extender la mano. Para que sientan que no están solos, para que sientan que lo de ellos vale.

Que lo de ellos es tener ganas de vivir…




 

 



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