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Informe Especial de la UCA (*)


El Problema del Delito en Argentina


Por Carolina Moreno y Ariel Sigal (**)


Si se analiza el problema de la inseguridad en nuestro país desde su doble perspectiva de cantidad o números de delitos concretos registrados y desde la percepción o sentimiento de inseguridad que experimentan las personas, se observa que el mismo es un problema que afecta de una manera u otra a la mayoría de la población encuestada.

De acuerdo con los resultados de la EDSA (Observatorio de la Deuda Social Argentina, UCA), durante el año 2009 un 27,3% de los hogares entrevistados declararon haber sufrido un hecho delictivo en el último año. La sensación de inseguridad fue superior, no discriminó según condición socioeconómica y afectó al 77,4% de la población encuestada.

Al mismo tiempo, aunque perjudicando a un porcentaje menor de la población, la violencia como fenómeno en si mismo no deja de ser un aspecto preocupante del problema del delito ya que el 5,2% de los entrevistados respondieron haber sido víctimas de un hecho de violencia física en los últimos 12 meses.

La violencia siempre fue un motor del desarrollo de la historia social. Se pueden englobar asesinatos, atentados, guerras pero también ataques contra la propiedad privada, violencia doméstica y agresiones físicas, entre otras. Asimismo, la violencia como fenómeno, afecta al desarrollo y al bienestar de la población. Cuando la población es propensa a sufrir un acto de delincuencia o violencia, va cediendo su felicidad, su capacidad creativa, su interacción social y su productividad. Se generan angustias y resignaciones, perdiendo la capacidad de proyección.

La inseguridad como expresión de la violencia no sólo depende del hecho consumado, sino que existe una percepción de inseguridad que acrecienta la pérdida de cohesión social. Lo que ocurre con la sensación de inseguridad como fenómeno, es que no se define en tanto sinónimo de delito. Por el contrario, la percepción de inseguridad es la sensación de una amenaza que puede ocurrir de manera azarosa, es decir, es la convivencia con el sentimiento de que en algún momento el individuo termina perjudicado.  

Todo acto de violencia es una dominación de poder, en el que se le exige al agredido que realice algo que por libre y propia voluntad no está dispuesto hacer. En este sentido, la violencia como relacionamiento de poder se convierte en un abuso. La sensación de inseguridad y la delincuencia, son discursos violentos de la elaboración social de la realidad capaz de provocar movilización social, es decir, producir efectos de realidad y efectos en la realidad.  Al producir efectos de realidad, la subjetividad de la población altera su percepción de integridad, libertad y seguridad y produce un sujeto-sujetado al aislamiento, fobia social, pánico...

En esta relación de poder, se manifiesta la debilidad de sectores propensos a ser agredidos. Sin embargo, es necesario aceptar también, que hay violencias silenciosas como déficit de vivienda, salud, salarios entre otras, que perjudican y marginan a sectores proclives a ser agresores.


PROBLEMA DEL DELITO: CARACTERIZACION


La delincuencia, en su doble aspecto de delito y violencia, es un problema que afecta a uno de cada tres hogares entrevistados mientras que la sensación de inseguridad supera ampliamente dicho porcentaje alcanzando el 77,4% y no discriminando según la condición socioeconómica de los encuestados.

Los hechos de delincuencia son generalizados a nivel país sin diferenciar de acuerdo al aglomerado, no ocurriendo lo mismo con los hechos de violencia, que son mayores en el interior del país (7,5% contra 4,3% en el Gran Buenos Aires).

En los hechos de violencia no existe segmentación marcada entre los distintos estratos a pesar de que se observa una leve tendencia a que disminuyan al aumentar el nivel socioeconómico de los entrevistados. No ocurre lo mismo con los hechos de delincuencia, que son menores en los estratos bajos aumentando fuertemente en los niveles medios y altos. Es evidente que las personas con mayor nivel adquisitivo presentan una oportunidad para delinquir más atractiva.        

De esta forma, de los hogares relevados, los hechos de delincuencia en los sectores medios y altos fueron un 10% superior que en los estratos bajos, convirtiéndose los primeros en los más perjudicados. Sin embargo, el porcentaje de delincuencia registrado en hogares de estratos bajos continua siendo alto (21,9%), lo que demuestra que el mismo no deja de ser un problema para todos los niveles socioeconómicos analizados.

Hay que destacar que los sectores más carenciados son los que se encuentran más vulnerables frente a la delincuencia siendo que la mayoría de las veces la sufren desde adentro y, considerando que los recursos e ingresos en dichos hogares son menores, están aún más perjudicados en la satisfacción de sus necesidades básicas.

El lugar elegido para delinquir depende de la ubicación geográfica del sector más vulnerable. Sin embargo, el lugar más delicado, no depende sólo de la mayor oportunidad delictiva de apropiación, sino también de las condiciones en las que el delincuente puede llevar a cabo su tarea.

Por ello, es importante recordar que existen diferencias sustanciales en los niveles de desarrollo logrados por los diferentes estratos socioeconómicos en términos de acceso a los recursos de inclusión social. Quienes pertenecen a estratos más altos, poseen mayores posibilidades de acceso a bienes públicos, dada la posibilidad de disfrutar en forma privada de aquellos bienes que no se brindan de manera pública, o que se brindan de forma ineficiente. Uno de estos recursos es el acceso a vigilancia policial que aumenta a medida en que se mejoran las condiciones socioeconómicas y además influye de manera significativa sobre el aumento o disminución de la delincuencia.

La presencia de efectivos policiales disminuye el porcentaje de delitos y la ausencia de los mismos los eleva en todos los estratos socioeconómicos analizados.


VIOLENCIA: CONTEXTO DEL AGREDIDO


Ubicar el hecho de violencia en el lugar de residencia de los hogares, permite comprender que la violencia física es baja en relación a los hechos delictivos.  Sin embargo, la misma está presente en todos los sectores. La violencia entendida como una agresión física, violencia doméstica, abuso o por causa de un hecho delictivo, sucede en toda clase de familias, ricas o pobres, en capital o en el interior, en villas y también en residencias de estratos socioeconómicos altos.

Un ejemplo de ello, es que los hogares en urbanización de estratos medios y medios bajos son más propensos a recibir violencia física que los estratos bajos y medios altos (6,2% en los primeros contra 3,3% en los asentamientos pobres y 2% en los medios altos).

Respecto de los hechos de delincuencia, podemos observar que los hogares en urbanización de estratos medios y altos manifiestan más hechos de delincuencia que aquellos hogares asentados en villas (26,9% contra 17,5%). Hemos resaltado el atractivo delictivo que provoca el hogar de estratos altos, pero también una mayor dificultad en la operatoria delictiva por condiciones de protección. A pesar de ello, la delincuencia no puede ser argumentada por pobres que roban a ricos. Vale resaltar el dato, para expresar que 17,5% de los hogares en villas manifestaron hechos de delincuencia, destacando así no sólo la fragilidad del hogar por su lugar de asentamiento sino su vulnerabilidad por ser propenso a un ataque delictivo.


TIPOLOGÍA DEL DELINCUENTE


Tal como destacan Cerro y Meloni en su informe sobre políticas de prevención y represión del delito en Argentina, para intentar caracterizar una tipología del delincuente hay que pensar al individuo como enfrentado a un dilema de tipo shakesperiano: ser participe o no de actividades delictivas. De esta forma, el crimen se produce por una desviación en el comportamiento del individuo y sus causas deben buscarse en factores o circunstancias sociales o familiares que provocan ese desvío. Asimismo, hay que analizar la motivación propia del delincuente ya que las personas con más propensión al delito serán aquellas que no tienen proyectos o planes a largo plazo o no se preocupan por el futuro. Esto es así porque muchos delitos se pueden pensar como actos para obtener ganancias inmediatas y costos de largo plazo (el costo de ser atrapado tarde o temprano). A su vez, como es alta probabilidad de que aquel que participa en el mercado del delito se involucre en hechos de violencia, los autores concluyen que sólo los individuos con una alta tolerancia hacia la violencia participarán de ese mercado.

El mirar noticiero afecta en alguna medida la percepción de inseguridad de los entrevistados, no generando el fenómeno pero sí incidiendo en su magnitud. Asimismo, los medios de comunicación parecieran estar creando un perfil de agresor orientando el temor existente hacia los “sospechosos de siempre”: pobres, sectores populares y jóvenes marginados. 

Existe una clara correlación entre la situación social y la decisión individual de participar o involucrarse en la comisión de delitos. Tanto los altos niveles de desigualdad como de desempleo generan violencia social ya que quitan identidad a las personas y las aísla socialmente desechando toda posibilidad de generar proyectos a largo plazo y encontrando en la delincuencia una forma de vida.

Al definir al agresor en una clase social, los entrevistados describieron a la mayoría de los agresores como de clase social baja o muy baja (en torno al 65%). Sin embargo un 34,6% describió a los mismos como pertenecientes a un estrato medio. Esto implica que los mitos sociales para los “sospechosos de siempre”, no tienen siempre un correlato en la realidad.

Asimismo, los entrevistados afectados por la delincuencia identificaron que la mayoría de los agresores se encontraron en la franja de edad de entre 18 y 29 años (43,9%) y en los menores de 18 años (30,6%), dando cuenta de que uno de los males de nuestra realidad es la delincuencia juvenil.

Es importante analizar las causas que impulsan a los jóvenes a delinquir. Las mismas están relacionadas con la inequidad y marginalidad en la que dichos jóvenes se encuentran. Por esta razón, si se quiere solucionar el problema de la delincuencia juvenil considerando la situación de los jóvenes delincuentes y preocupándonos por su futuro, deberíamos darles una posibilidad de reeducación y reinserción en la sociedad y para ello sentarnos a debatir  y proyectar para encontrar una solución. Sin embargo, es claro que el estado debe contemplar acciones frente a la participación de menores en hechos de gravedad, que pongan en riesgo la vida de los ciudadanos.

Por último, sólo 3% de los entrevistados identificó a la agresora como mujer y 5,8% reconoció en la población de 50 años y más al agresor de los hechos que manifestó haber recibido. Esto demuestra que tanto las mujeres como la población adulta son los menos proclives a verse involucrados en la comisión de algún hecho delictivo.

Al preguntar a las víctimas de un hecho delictivo sobre la cantidad de agresores involucrados en el mismo, se observa que los hechos de delincuencia generalmente son realizados por dos delincuentes (39,1%) mientras que los de hechos de violencia por un solo agresor (32,4%). Asimismo, la probabilidad de ser atacado por más de dos individuos disminuye en las dos formas de delincuencia analizadas (delitos o violencia). Esto es así porque generalmente quien abusa de su poder por un acto violento, teme no sólo a la resistencia de su agredido sino también a los límites ajenos en la saturación de su violencia, con la presencia de otros agresores.


CONCLUSIONES


En los últimos años, en la Argentina, el problema de la inseguridad se ha instalado como centro de debate de las preocupaciones públicas compitiendo, en nivel de importancia, con la deuda socioeconómica que mantiene nuestro país.

De esta forma, el mismo se ha colocado al frente de las demandas políticas y sociales y en primer plano en noticieros, diarios y otros medios de comunicación. Frente a esto, el gobierno en marzo del 2009 lanzó un plan de seguridad con el objetivo de disminuir el número de delitos en todo el país. Sin embargo, los datos presentados indican un aumento progresivo de la inseguridad y del miedo al delito entre los años 2004 y 2009 sin producirse una mejora a partir del plan.

El presente trabajo da cuenta de la relevancia de abarcar el problema del delito desde su doble perspectiva: considerar tanto el hecho delictivo en si mismo como el sentimiento o miedo al delito presente en la sociedad. Así, damos cuenta de que el mismo es un problema generalizado, ya que afecta a la mayoría de la población entrevistada y no discrimina de acuerdo a condiciones socioeconómicas y residenciales.

Es importante aclarar que, a pesar de que los sectores más carenciados son los que se encuentran más vulnerables frente a la delincuencia, no sólo porque la mayoría de las veces la sufren desde adentro sino porque carecen de recursos públicos de protección, son los de los estratos socioeconómicos más altos quienes registraron un mayor número de delitos concretos. Esto puede explicarse por el hecho de que, en las jurisdicciones más ricas, las posibilidades de delinquir son mayores y más atractivas.

Al intentar diseñar una tipología del agresor, los datos relevados demuestran que los mismos no pueden ser caracterizados según su condición social baja, porque un porcentaje considerable de las víctimas describió a los mismos como pertenecientes al estrato medio. Este resultado rompe con el modelo de delincuente que muchas veces se encuentra en el inconsciente colectivo vinculado a los pobres y marginados.

Un dato relevante es que las descripciones dan cuenta del alto nivel de delincuencia juvenil existente en nuestro país. Esta problemática debería impulsar un fuerte debate, no solo en torno a la baja en la edad de imputabilidad de los menores, sino también en torno a los mecanismos disponibles para reeducar y reinsertar a dichos jóvenes dentro de la sociedad.


(*)  Universidad Católica Argentina

(**)  Investigadores del Observatorio de la Deuda Social Argentina-UCA





 

 



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